Mi hermana es psicóloga clínica. Durante años la he visto llegar a casa agotada, cenar con los ojos en el móvil terminando una nota que se le había olvidado, o peor: acumular tres días de sesiones sin documentar porque no daba abasto.
Y no es que sea desorganizada. Es que el sistema está roto. La administración sanitaria exige documentación rigurosa. El colegio profesional exige ética. Y entre ambas cosas, el psicólogo se queda solo, con un Word abierto a las 23:00, intentando recordar qué dijo el paciente en la tercera sesión del martes.
He mirado las herramientas que existen. Unas mandan los datos a servidores en California. Otras cuestan lo que un coche. Y la mayoría están diseñadas por gente que nunca ha estado en una consulta de terapia.